El asado como ceremonia compartida

Para Enrique Capello, el asado no es una comida ni un evento improvisado. Es una ceremonia. Un espacio donde la técnica convive con la amistad, donde el fuego se maneja con precisión y el encuentro con otros le da sentido a todo el proceso. En esta entrevista, repasa el origen de su pasión, sus referentes, su estilo personal y los infaltables que definen su manera de pararse frente a la parrilla.


Mi pasión por el asado nació gracias a Don Carlos Oliva, el papá de Michi Oliva, un amigo no vidente que era DJ del Muzak. Don Carlos venía desde Argentina a visitarlo y se quedaba en la quinta de mi mamá, donde hacía asados todos los fines de semana. Él fue mi mentor principal y quien encendió definitivamente esa chispa.


Para mí, cocinar un asado es una ceremonia. Es el momento en el que reúno a mi familia y amigos, me desestreso y vuelvo a conectar. Hacer un asado solo, o apenas para dos personas, no tiene sentido.


Mi estilo es el de un “Cirujano de la Parrilla”. Todo es precisión: la carne, los cortes, los tiempos. Es como una picada sobre una mesa quirúrgica.


La costilla. Es el corte infaltable, sin discusión.


Mandioca, sopa paraguaya y chipa guazú. Esos completan el asado.

En la visión de Enrique Capello, el asado encuentra su verdadero valor cuando deja de ser una técnica aislada y se transforma en un acto compartido. El fuego, bien controlado, es solo el medio: lo esencial ocurre alrededor, entre amigos, familia y tiempo sin apuro.