Para Pedro Ferrario, encender el fuego es un acto de gratitud y una forma de revivir las celebraciones de su infancia a orillas del lago Ypacaraí. Bajo un estilo puramente campestre, sostiene que la técnica es tan vital como el amor y la alegría al momento de servir a los demás.
La pasión de Pedro Ferrario por el asado es un viaje de regreso a las décadas del 70 y 80, cuando los fines de semana en una granja frente al lago se transformaban en fiestas de grandes comilonas. Aquellos días marcados por la cacería, la pesca y los aromas que emanaban del tatakuá y la cocina a leña forjaron en él una conexión indestructible entre el fuego y la felicidad. Hoy, trasladar esa tradición lo impulsa a situarse frente a la parrilla para cocinar para su familia y amigos, buscando recrear esa comunión que observaba en sus padres, donde el hierro y la carne eran los elementos que generaban el disfrute colectivo.
—¿Cómo influyó ese entorno de tu niñez a orillas del lago Ypacaraí en tu forma de entender la cocina hoy?
Aquella época fue fundamental porque el asado significaba alegría, celebración y momentos compartidos en la playa o en lancha. Los olores que emanaban de la cocina me cautivaban y hoy, al ponerme frente a la parrilla, busco trasladar esa misma tradición a mi propia familia. Se trata de revivir ese “cuadro” de felicidad y comunión en torno al fuego que quedó grabado en mi memoria.
—En aquellos encuentros familiares, ¿cómo se repartían las tareas y qué papel jugaban tus padres como referentes?
Mi gran mentor y principal referente fue mi padre. Era un espectáculo verlo supervisar los asadores a la estaca mientras mi madre se encargaba del tatakuá y la cocina a leña. Esa combinación de fuego, hierro y un buen cuchillo hacía que todos estuvieran felices.
—¿De qué manera definirías tu estilo personal al mando de la parrilla actualmente?
Mi estilo es definido al cien por cien como campestre, muy arraigado a esas vivencias de la infancia. Para mí, cocinar un asado es un ritual y una forma de dar el hallazgo, disfrutando del simple acto de ver cómo todos los invitados comen, ríen y celebran juntos.
—Al momento de elegir los cortes y los acompañamientos, ¿cuáles son tus preferencias innegociables?
En mi parrilla, los cortes que no pueden faltar son la costilla y la morcilla. Para las guarniciones prefiero la simplicidad; un poco de rúcula y queso parmesano me parece suficiente para acompañar la carne. Y, por supuesto, siempre con una cerveza bien fría o un buen tinto para saludar al paladar.
—¿Qué consejos técnicos consideras esenciales para que la carne salga en su punto justo?
Hay dos reglas de oro: primero, cocinar siempre con brasas bien prendidas, haciendo el fuego siempre a un costado y aparte de la parrilla. Segundo, hay que observar la carne con paciencia y darle la vuelta justo en el momento en que empieza a sudar.
—Más allá de la técnica, ¿cuál es el ingrediente “secreto” que nunca debe faltar en una reunión?
Sin duda, la alegría y el amor son ingredientes claves. El asado es la excusa para reunir a la gente y disfrutar de la carne en un acto de comunión; sin ese sentimiento de afecto por los demás, el ritual perdería su esencia.

